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miércoles, 12 de diciembre de 2012

Ateos Aferrados



ATEOS AFERRADOSTM 

    Me provoca incomodidad leer a compañeros ateos que se trenzan en un debate en el que no se intercambia más información de la ya conocida, esgrimiendo sus aseveraciones en el “nombre de la ciencia” y de ahí no los saca ni dios padre monesvoliano bendito creador de los cielos y la tierra. Pero me pregunto ¿a qué ciencia se refieren?

    Existen, entre otras, dos maneras de entender ese concepto y les diré cuál es la que utilizaré aquí: ciencias duras y ciencias blandas. Las ciencias duras son aquellas relacionadas con las matemáticas, la física, la medicina, la química, la biología, la astronomía y todas sus ramificaciones, las cuales se caracterizan por utilizar el método científico al pie de la letra. Por eso se llaman “duras”. Las ciencias blandas son las relacionadas con las ciencias sociales, como la antropología, la psicología, la sociología y la economía (algunos sostienen que el derecho es una ciencia, pero es su debate y es su perro). El debate entre esta dicotomía va viento en popa pero no es el propósito de esta entrada.

    El hecho es que, lamentablemente, en muchos debates dentro del ateísmo no se hace más que citar verdades científicas de las ciencias duras (“el ateísmo se basa en la ciencia”, “¿Qué sería de tu vida sin los avances científicos?”) y en mucho se deja de lado lo que se ha logrado demostrar en el campo de las ciencias blandas. ¿Por qué? Porque es más fácil bombardear al oponente con una cantidad inmensa de datos, cifras, pruebas, experimentos exitosos y hasta fórmulas matemáticas que difícilmente el oponente puede conocer. Además, es facilísimo navegar en la red y pegar información que no necesitaremos explicar (o que nosotros mismos desconocíamos, no nos hagamos) con una velocidad Google-fu nivel cinta negra.

    En las ciencias blandas no es así: argumentar utilizando la teoría social requiere de mucho análisis, reflexión y, sobre todo, capacidad para saber y encontrar cómo explicar un fenómeno utilizando varias teorías sin casarse con una.

    Es un hecho. Muchos ateos sostienen que la “ciencia” es pieza fundamental del ateísmo y no es que no lo sea… claro que lo es, pero ese ateísmo debe ir más allá del: “¡Lo dijo Dawkins!” porque sólo están reaccionando como los borregos que tanto critican.

    No dudo que las investigaciones y en general el trabajo científico del biólogo más famoso, socorrido, venerado y utilizado como muleta ideológica en el ateísmo contemporáneo tenga importancia; sí, la tiene, pero sólo tiene una parte de la importancia.

    Un libro me bastó para decidir no volver a leer a Dawkins: “El capellán del diablo”. Es un conjunto de ensayos sobre la evolución, artículos sobre genética, reproducción de cartas y reseñas de libros (bueno, hasta panegíricos para sus amiguitos muertos) que no sirven más que para exacerbar, llegando a la autocomplacencia, los delirios de grandeza característicos del autor. El libro no tiene un sentido distinto al de una recopilación de lo que opina en ciertos temas. Claro está, tiene la libertad de opinar lo que quiera, pero considero totalmente irresponsable que subestime la actividad científica que es distinta a la de las ciencias duras.

    Por ejemplo, emite juicios de valor a diestra y siniestra cuando se refiere a un científico social que le gusta andar en el rollo posmoderno (capítulo 1.7. El posmodernismo al desnudo, reseña del libro “Imposturas intelectuales”), señalando, entre otras linduras subjetivas, que “tampoco hay dudas acerca de que hay cierto lenguaje especialmente diseñado para resultar ininteligible, a fin de poder ocultar la ausencia de pensamiento honesto…” donde ahora osa llamar “ausencia de pensamiento honesto” a lo que no entiende.

    Hasta el cansancio, entrecomilla la palabra filosofía… como si fuera algo de mentiritas. Y además lanza argumentos subjetivos, como que cierta conclusión es “estúpidamente absurda”, o que tal cosa “no tiene sentido alguno desde el punto de vista científico (repito, de qué ciencia estamos hablando)”, reproduce un párrafo de Jean Baudrillard que sostiene es incoherente y que yo (¡ups!) sí pude entender. Además, se avienta los adjetivos de “aburridos”, “ceñudos”, “solemnes”, “pretenciosos”, “bestial complacencia”, “fuente realmente infinita de sinsentido” cuando habla de los posmodernistas y de Andrew Ross (sociólogo, director de Social Text y docente en la Universidad de Nueva York) a quien Alan Sokal y Jean Bricmont tendieron una trampa para hacerle quedar muy mal parado dentro de la comunidad científica. Lo que Dawkins no dice en su libro es que él y su cuate Sokal recibieron las respectivas mentadas de madre.

    Aparentemente, a Dawkins jamás le preocupó analizar objetivamente las teorías, posturas o simples críticas provenientes de los científicos sociales de quienes amargamente se queja y no lo culpo: su preparación no le permite ser así de objetivo. Me llama la atención que se comporta como si se le cayera el pájaro nenita cuando ciertos sociólogos utilizan a la “Teoría del Caos” como marco para hacer sus análisis, donde utilizan lenguaje y hasta fórmulas matemáticas para sostener sus argumentos. ¿Y qué si las usan? ¿Los conceptos y fórmulas de la física y de la matemática son marcas registradas de uso exclusivo de las fuerzas Dawkinianas? ¿Es “Mi Fórmula®”? ¿Estoy cometiendo un pecado científico si al hacer investigación de campo utilizo la estadística?

    Los avances tecnológicos de las ciencias duras han permitido demostrar que el planeta es redondo, pero parece que el mundo de este científico es total y completamente cuadrado.

    Lo que a mí no me deja de sorprender y, en fechas recientes, desesperar, es que dentro de los debates entre ateos hay un terror consciente e inconsciente a lo que se desconoce (y no estoy hablando de la vida después de la muerte y esas mamadas): existe una pose de “apertura de pensamiento”, de “mente desatada y escéptica”, de “estoy aquí para aprender”, etcétera; pero es una pose solamente: cuando se toca un tema desconocido:


    “Es que a mí no me convence el materialismo histórico y la dialéctica marxista no sirvió, ve lo que pasó en la URSS con Stalin”. Me dan ganas de llorar:



    Pero la máxima: “Es que esos rollos del posmodernismo no son ciertos…”. Bueno, en las ciencias sociales no se trata de esgrimir verdades científicas a lo pendejo montones, sino de observar el comportamiento y desarrollo de ciertos fenómenos. A veces se puede predecir, a veces no.

    Ojo: yo no sostengo que la corriente posmodernista sea la que rifa ni la más válida, sólo la utilizo como ejemplo; pero veámoslo así: se trata de observar. Cuando estamos en una sala de espera (del autobús, del médico, el dentista, o lo que sea) ¿qué es lo que normalmente está haciendo la gente en ese momento sin quehacer? ¿Con qué o con quién interactúa? La mayoría de las veces he observado que lo único que se hace es juguetear con el celular, iPod, reproductor MP3, ver la televisión y similares, pero no se relaciona con las demás personas. La gente interacciona con las señalizaciones, los letreros, los carteles que le indican a dónde acudir, qué pasos debe seguir, qué documentos debe traer, por dónde debe irse en una carretera. Espera una luz verde para continuar su camino; espera la voz impersonal transmitida por un micrófono que le indica que es hora de abordar; escucha imperturbable a otro ser humano por el teléfono que le dice, mecánicamente:


- “Habla al 800-MeValeSuVida, ¿qué desea ordenar? 
- ¿Algo más para su orden? 
- ¿Recibió un buen servicio? 
– Recuerde que en MeValeSuVida nohacemosreembolsosestamosparaservirlequetengaunbuendía”. 

    Todo, impiadosa y deshumanizantemente, como siguiendo un guion.

    Claro, muchos podrían argumentar que como el ser humano es primate y los orangutanes también lo son, ese fenómeno es una total estafa. Yo sostendría que no, porque los orangutanes no tienen iPods.

    Es necesario aclarar que el posmodernismo no se manifiesta en contra del desarrollo y del uso de los avances tecnológicos, como sí lo hace el neoludismo, sino que describe la realidad sin usar adjetivos de “aburrido”, “ceñudo” o “pretencioso”. Es solamente eso, es la realidad real descrita tal cual es.

    Otro fenómeno de ejemplo: al estar perdidos en alguna calle, ¿han sentido temor de preguntarle a un extraño por dónde ir? O al contrario, ¿cuánta desconfianza sentimos cuando otra persona se nos acerca a solicitarnos una dirección? Ese mismo miedo nos lleva a preferir interactuar con las señales o, ya si es urgente, con alguna persona que nos conteste el teléfono. La estructura institucional (medios y gobierno, sobre todo) que nos aplasta, envía frecuentes mensajes que indican que debemos desconfiar hasta del vecino, abatiendo cualquier intento de organizar un movimiento colectivo y catalizando el consumo de productos y servicios que garantizarán nuestra seguridad.

    ¿Cuántas veces no hemos pasado por la misma experiencia?

    Bueno, eso es una parte del posmodernismo. ¿Difícil? ¿Loquísimo? ¿Deshonesto? ¿Es mentira? Es sólo una teoría que se utiliza para analizar la realidad actual, pero como Dawkins ya la descalificó y los demás ateos asumen su misma postura sin haber investigado un ápice, entonces:


    De este modo, dado que los ateos presumimos de ser librepensadores, ¿por qué no tomarse la molestia e investigar un poquito, al menos, sobre las teorías de las ciencias sociales que pueden apoyar su postura (y lo hacen aunque no quieran)? El descartar, minimizar, ridiculizar y desechar las propuestas de las ciencias blandas es totalmente irresponsable si no se tiene un conocimiento certero de lo que se está hablando. La famosa tangente atea de “es que no me acaba de convencer y lo discutimos después” es el equivalente a chillar por no saber qué decir.

    Entonces, déjense de mamadas y si no saben, investiguen o pregunten. No es “malo” no saber, es estúpido quedarse con la duda.