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martes, 6 de noviembre de 2012


El futuro del campesinado y la reforma agraria cardenista.


En ocasiones al cardenismo se le ubica como sinónimo de “expropiación petrolera”, “socialismo mexicano” o “reparto agrario”. Sin duda alguna, uno de los más importantes legados de Lázaro Cárdenas fue dejar de juguetear con el concepto de “ejido”, por lo que en este ensayo se reflexionará brevemente sobre el cardenismo como precursor del desarrollo agroindustrial mexicano. 

Si desde Porfirio Díaz se sentaron las bases necesarias para fortalecer la economía interna de México, no podemos dudar que el liberalismo económico que el dictador conservó como estrategia desembocara en una sangrienta guerra de Revolución en 1910. 

Posteriormente, se trabajará sobre la forma en que la concepción del ejido en la vida campesina mexicana se ha ido transformando según las épocas y las corrientes que permearon en su momento a los distintos gobiernos mexicanos. 

Cabe destacar la diferencia sustancial de los gobernantes e ideólogos de la Reforma y subsiguientes que tomaban al ejido como una forma de organización temporal que abriría paso a la tenencia privada de la tierra en un régimen de pequeños propietarios. No fue sino hasta los tiempos de Lázaro Cárdenas donde dicha concepción dio un vuelco significativo al considerarse el ejido como pilar de la organización agraria. 


Sin embargo, el eje central del presente trabajo trata de dilucidar una cuestión en particular: ¿cómo fue que el campesinado sobrevivió a los embates de una reforma agraria aplicada a regañadientes ante un sistema capitalista en evidente contradicción con su forma de subsistencia; ante un corporativismo que nada tenía qué hacer frente a sus demandas? 


¿Cómo fue que el campesinado se desarrolló y reprodujo frente a una incipiente industrialización que terminó por someter el campo a las ciudades? 

Los presidentes mexicanos que siguieron a la dictadura porfirista y en tanto “herederos de la revolución”, no siguieron con vehemencia las ideas heredadas de la lucha agraria encabezada por Zapata y otras más hijas de la Revolución Mexicana, puesto que el reparto agrario hasta antes de Cárdenas fue prácticamente irrisorio: las cifras van desde 33 mil hectáreas para De la Huerta hasta las 944 mil para Ortíz Rubio. Poco qué ver con las “más de 18 millones de hectáreas” (Gilly, 1971: 359) repartidas por Lázaro Cárdenas.


Lázaro Cárdenas asume el poder en 1934 con un total respaldo de numerosas organizaciones campesinas, partidos de corte socialista y por el sector político que se oponía al conservadurismo de Calles dentro del propio PNR (después PRI) y fuera de él. 

Observados los mecanismos que trabaron el desarrollo económico del país durante el porfirismo, donde la tutela internacional sobre puntos estratégicos para la economía (como el ferrocarril, petróleo, la energía eléctrica y grandes extensiones de tierra) era avasallante, la política que asumió el presidente Cárdenas fue mucho más tendiente al nacionalismo. 

Entre otras cosas, Cárdenas expropió el petróleo (hasta entonces en manos del capital extranjero) y colaboró para transformar las relaciones obrero – patronales en la industria favoreciendo la organización y vitalización de los sindicatos mexicanos. 


Todo ello no hizo más que propiciar una fuga de capital extranjero en forma estrepitosa: “De un máximo de 3500 millones de pesos en 1926, la inversión extranjera directa se redujo a 2600 millones en 1939. Esta baja se debió no solo a la influencia de la política laboral mexicana y a la expropiación petrolera, sino además a la crisis de 1929 en los Estados Unidos y a las exploraciones que las compañías petroleras internacionales realizaban en Venezuela, en busca de campos petroleros más baratos, desde antes de las dificultades que se presentaron en 1937 – 38...” (Hansen, 1983: 44). 

Pero no sólo eran internacionales las dificultades que Cárdenas tuvo que sortear. Como regalo de sus antecesores, la crisis en el agro mexicano dio testimonio de vida a través de un sinnúmero de levantamientos campesinos a lo largo y ancho del territorio nacional. Cárdenas, preocupado por la situación, buscó la forma de solucionar la problemática agraria pero a la vez controlar las bases sociales campesinas: 


“De la misma manera que Carranza se había apropiado de las banderas zapatistas para acabar con el campesinado revolucionario, Cárdenas se apropia del programa del agrarismo radical para acabar con las Ligas de campesinos rojos de los años veinte. Hay, naturalmente, una diferencia de fondo: los constitucionalistas nunca aplicaron el programa de Zapata, mientras que Cárdenas cumplió todas las demandas del agrarismo radical, todas menos una: la organización política independiente del campesinado...” (Bartra, 1983: 65). Esto es: la CNC. 

La Confederación Nacional Campesina o CNC, fue una organización de masas que supuestamente representaría al campesinado. En este sentido, Arnaldo Córdova (1986) refiere que “y por si esto fuera poco, en el llamado sector campesino del partido oficial se desarrolló una organización de masas, la CNC, con la cual los campesinos verdaderos no tuvieron nada que ver. En ella fueron encuadrados de la misma forma en que se mete el ganado al redil, sin que tuvieran en ningún momento ni la oportunidad ni la posibilidad de decidirlo por sí solos. La organización campesina, sin duda alguna, no tiene nada que la asemeje a la organización obrera, en primer término porque jamás ha dado algo que se parezca a una dirigencia con intereses propios y con una representación propia en el Estado...” (Córdova; 1986:37). 

Pero más allá de mencionar que cumplió con las promesas hechas al campesinado radical, el eje rector de la política cardenista en cuanto al agro mexicano estuvo definido por el ejido. La tierra, entendida como propiedad de la nación, pasó a manos del campesinado en calidad de préstamo y para ser explotada en forma comunal. Ninguna contradicción más aguerrida con el sistema capitalista que regía a la economía de nuestro país, pues la tierra así concebida quedaba fuera del mercado: 

“Una idea de la conmoción que se provocó la da el considerar que para entonces habían sido repartidas y quedado en gran medida integradas a la reproducción capitalista, pero fuera del mercado, alrededor del 22% del total de la superficie agropecuaria, es decir, todo tipo de tierras susceptibles de explotación... Esa inmensa riqueza de tierras en manos de ejidatarios, principal recurso de que disponía por entonces la economía nacional, quedó congelada para todos los fines prácticos mercantiles...” (De la Peña y Morales, 1990: 5-6). 

En este sentido, el Estado emerge como protector e interventor omnipresente en el agro mexicano, pues los recursos con los cuales se tenía que modernizar el campo provenían de él y, por ello, la dependencia económica no solo se extendió en lo que se refiere al agro, sino también a lo pecuario. 


Sin embargo, el reparto de los insumos necesarios para la modernización del sector agropecuario no fue uniforme. Según un estudio realizado por Rosario Robles Berlanga (1990), se observa que en cuanto a la implementación de semilla mejorada por medio del Estado en el campo a finales de los cuarenta, ésta quedaba necesariamente comprometida con el uso del sistema de riego y de fertilizantes así como de insecticidas, cuyo sistema de siembra y cosecha requerían un grado alto de mecanización. 


Por ello, “como no eran éstas, ni con mucho, las condiciones prevalecientes en las zonas campesinas, éstas quedaron rezagadas de los emporios capitalistas que, sin pena ni gloria, con el apoyo del Estado, dieron nuevos y definitivos saltos en sus niveles de capitalización” (Robles, 1990: 34). 

Ya hemos visto que Lázaro Cárdenas, dentro de sus diversas políticas agrarias, fomentó la idea del ejido. La tierra, entendida como propiedad de la nación, pasó a manos del campesinado en calidad de préstamo y para ser explotada en forma comunal. 

Sin duda alguna, y como ya se expuso, fue una pronunciada contradicción con el sistema capitalista que regía a la economía de nuestro país, pues la tierra así concebida quedaba fuera del mercado, pero además de ello Cárdenas tuvo que enfrentar un sinnúmero de oposiciones: “Cuando comenzó el reparto agrario, el gobierno tropezó con la resistencia abierta de los terratenientes, los caciques, el clero, los funcionarios locales, parte de los jefes militares, la tupida red de intereses de comerciantes, tinterillos, clientes de los caciques, campesinos ricos... También el imperialismo intervino en el conflicto, por un lado para defender sus latifundios afectados por la reforma, pero sobre todo para contener el desarrollo social de la revolución en el campo...” (Gilly, 1971: 360-361). 

La idea de atender al campo era fundamental para conquistar la paz en México, ya que las fuerzas sociales en él existentes podrían de un momento a otro desequilibrar el estado de cosas en la nación mexicana. De ahí que el agrarismo fue punto central de desarrollo en cuanto a políticas sociales de los gobiernos postcardenistas, pero más allá de su importancia económica, era lo político lo que verdaderamente trascendía. 

He aquí el eje central del presente ensayo: ¿Cómo es, entonces, que el campesinado no desapareció? Porque, por un lado, la organización de masas campesinas simplemente no representó al campesinado frente al poder, según Córdova. Por otro lado, el modo de producción campesino y la tendencia capitalista del desarrollo económico mexicano, no sólo sometieron lo rural a lo urbano, el campo a la industria, sino que también negó a los campesinos el acceso a los servicios básicos al comprar la industria toda la producción campesina al precio que lo urbano determinó. 

La ambición del gobierno era la industrialización apoyada en lo agrario, mas no necesariamente solo apoyar al campo. Si comprendemos de esta forma la subordinación de lo rural hacia lo urbano - industrial, necesariamente la tierra sufrió un proceso de mercantilización. 

De esta manera, el gobierno se encontró con una contradicción importante en cuanto a las políticas agrarias, pues por un lado estaba la presión de quienes propugnaban por un desarrollo totalmente capitalista y por el otro las demandas agrarias de los campesinos y lo “socializante” del ejido, sobre todo porque el Estado iba a intervenir en ellos; mientras que en la propiedad privada los capitalistas presionaban para que el mismo Estado no tuviera injerencia alguna en sus propiedades. 


En este sentido, Adolfo Gilly vuelve a remarcar esta contradicción: “Esta es, en sus grandes líneas, la organización ejidal, donde se mezclan elementos de cooperativas con base capitalista, de koljós y de formas tradicionales de organización social y productiva del campesinado mexicano existentes desde antes de la colonia...” (Íbid: 362). 

Es respecto a estas contradicciones que pretendo abundar un poco más: de acuerdo con De Alcántara Hewitt (1988), en los años setenta tres corrientes de estudio del campesinado en México que se habían mantenido separadas convergen en la necesidad de entender el presente y futuro del campesinado. Por una parte, los ecólogos culturales y los dependentistas que eran considerados como revisionistas, pues trataban de adaptar la tradición marxista a las peculiaridades socioeconómicas de grupos, regiones o naciones. 

De aquí se desprenden dos tónicas en el estudio del campesinado: el enfoque de los marxistas ortodoxos y el de los ecólogos y dependentistas: la primera tónica condenaba al campesinado a la desaparición, mientras que en la segunda se centraron en observar la coexistencia de modos de producción capitalistas y no capitalistas. 

El primer enfoque asegura que hay dos formas de explotación del campesinado: 

Por un lado, en el mercado y en la producción, donde la inequidad entre esfuerzo y remuneración subyace en el hecho de que la unidad familiar no puede producir más si no se esfuerza más. Al vender sus productos, encuentra que lo que gana de ellos no corresponde al esfuerzo invertido. 

Según De Alcántara, el marxismo - leninismo asegura que no existe un futuro asegurado para el campesinado, pues éste es ineficiente por naturaleza aún cuando fuera bien remunerado. Por ello, es explotado. 

Por otro lado, la explotación se encuentra en la absorción del campesinado como mano de obra en empresas capitalistas, lo cual es funcional para el capitalismo. 

Sin embargo, apunta De Alcántara, esta segunda forma de explotación es la que precisamente favorece la aparición del socialismo, pues advierten que al ser absorbidos como trabajadores, y por la naturaleza misma de las relaciones sociales de producción, se desarrolla la conciencia de clase. En resumen, el campesinado está condenado a desaparecer si no se integra al trabajo industrial en su calidad de obrero. 

Por otra parte, el segundo enfoque de los ecólogos y dependentistas logra abrir el panorama a la discusión, pues según ellos la coexistencia de distintos modos de producción permite precisamente que el campesinado exista y que desempeñe un papel en una red de explotación. 

Esta tónica de discusión es la que predominó en los sesenta, y el misterio que se tenía qué resolver era respecto a lo siguiente: la precaria condición de los campesinos les llevó a ser contratados como jornaleros temporales, precisamente en las grandes explotaciones capitalistas o en las ciudades, donde mucha gente proveniente del campo sobrevivió recurriendo a formas de producción e intercambio campesinas. 


De esta manera el campesinado no desaparece, sino que tiende a aumentar en números absolutos y a reproducirse. Además de ello, quienes no poseen tierras o tienen poco acceso a ellas demandan precisamente tierras, no trabajo de obrero. 

De esta forma, observamos que el campesinado sobrevive en cuanto a su forma de producción e intercambio, sobrevive aún su carácter eminentemente rural lo cual se ve reflejado en todo el territorio nacional. 

Si bien la Reforma Agraria surtió sus efectos más notorios durante el cardenismo, no se puede dudar respecto a los problemas, oposiciones y contradicciones que subyacieron al reparto agrario y a la tenencia de la tierra en su forma ejidal. Por un lado, encontramos a un campesinado cuyo acceso a los procesos de toma de decisiones se vio “representado” por una Confederación que en realidad nunca les atendió en sus demandas y ni siquiera se acordaba de ellos cuando se tenía que votar por sector en el Congreso. 

Por otro lado, tenemos un fuerte proceso de industrialización en ciernes que demanda mano de obra obrera, cambios en los procesos de intercambio campo – ciudad que realmente representaron una presión y no un alivio sobre el modo de producción campesino; encontramos también que dicho proceso de industrialización no era precisamente de corte “socializante” como lo fue el reparto agrario y la forma de tenencia de la tierra, donde entonces, la contradicción campo – ciudad se hizo aún más fuerte.


Es en este marco en donde se inserta la modernidad histórica de México, donde (y aún en nuestros días) encontramos severas problemáticas entre dos formas de entender a la tierra totalmente distintas: como forma de vida o como forma de mercancía: ello podría explicar la resistencia de los atequenses en el Estado de México o la de los zapatistas en el Estado de Chiapas.


Considero totalmente válido el identificar a Lázaro Cárdenas con “reparto agrario” o con “expropiación petrolera, pero también sería plausible identificar puntualmente las consecuencias que trajeron a fin de cuentas dichas reformas en cuanto a la estructura. Es decir, ¿cuáles fueron los aspectos estructurales que más influyeron para determinar si la figura del ejido funcionaría o no?


Tal vez cabría preguntarse si Cárdenas consideró todas las contradicciones desarrolladas en este trabajo al llevar a la práctica una forma de tenencia de la tierra que sus antecesores (y hasta sucesores) consideraron como forma temporal. Y para muestra, sólo valdría observar las reformas salinistas al Artículo 27 Constitucional donde se decide, finalmente, que el ejido siempre sí es susceptible de enajenación.

Aún cuando las formas de producción campesinas y las formas mercantiles netamente capitalistas puedan sobrevivir conjuntamente, la manera en la que el campesino se tuvo qué supeditar a lo urbano industrial se encuentra reflejado en la secundarización de la economía que inició en el período del “milagro mexicano”, período que si bien fue largo, sucumbe actualmente ante una evidente terciarización: sólo basta observar lo que sucedió en Querétaro y comparar su economía de antes de los años cuarenta y después. Ahora ya no es el obrero frente al campesino. Ahora es el comerciante (de nueva cuenta, como cuando inició el capitalismo como tal) el que lleva la batuta en el desarrollo económico de un país.


Con lo anterior no se quiere decir que hayan desaparecido el campo y la industria; más bien se señala el hecho de que antes eran dos formas de subsistencia totalmente distintas: la fábrica frente al campo. Ahora, encontramos al establecimiento comercial (o changarro, como dice Vicente Fox) y a la fábrica frente al campo, en una evidente cerrazón de filas. Vale observar ahora cuál es el futuro del campesinado.



Bibliografía

1. Bartra, Armando, Los Herederos de Zapata, en “Movimientos Campesinos Posrevolucionarios en México”, Ed. Era, México, 1983.

2. Córdova, Arnaldo, La política de masas y el futuro de la izquierda en México, Serie Popular Era, México, 1986.

De Alcántara, Hewitt, “Imágenes del Campo”, COLMEX, México, 1988.

4. De la Peña, Sergio, Morales Ibarra, Marcel, Historia de la Cuestión Agraria Mexicana, 6. El agrarismo y la industrialización de México 1940 - 1950, Siglo XXI, México, 1990.

5. Díaz Polanco, H., Teoría marxista de la economía campesina, Juan Pablos Ed. México, 1977.

6. Gilly, Adolfo, La Revolución Interrumpida, Ed. El Caballito, México, 1971.

7. Hansen, Roger D., La Política del Desarrollo Mexicano, Siglo XXI, México, 1983.

8. Robles Berlanga, Rosario, “La época de oro y el principio de la crisis de la Agricultura Mexicana 1950 - 1970, Estructura de la Producción y Cultivos 1950 - 1960”, Siglo XXI, México, 1990.

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